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Mi experiencia personal con agencias de la ANSES es reciente. Desde el año 2016 mi haber de retiro no se actualiza por razones que oficialmente desconozco pero que -presuntamente por comentarios verbales de la gente de la oficina a la que me veo obligado a recurrir- estaría vinculado a las dudas que les asiste respecto al tipo de actividades que desempeñaba durante mi vida como funcionario activo. Mi experiencia personal es la de una atención fría y distante. En principio al jubilado que tiene la desgracia de tener que concurrir se le explica poco, confusamente y de manera contradictoria, o directamente, no se le explica nada si no insiste incluso airadamente.

Los tiempos de esa Administración parecen eternos. No tienen plazos si no objetivos, como decían en su momento los dictadores del Proceso y repitió -sin duda sin conocer el antecedente siniestro de la frase- una funcionaria a la letrada que me asiste- y evidentemente ni el bolsillo ni el tiempo del administrado cuyos fondos e intereses deben administrar porque precisamente para eso se les paga, no están entre sus prioridades.

Empero, jamás se me pasó por la cabeza suicidarme, jamás tuve conocimiento de que esa idea rondara por la cabeza de ninguno de mis antiguos compañeros de trabajo ya jubilados ni tampoco me llegó nunca el conocimiento de un caso de tal naturaleza. Sin duda ronda muchas veces por mi mente alguna de las historias de Relatos Salvajes, pero allí no se cuentan hasta donde recuerdo, casos de suicidios. Por cierto mi haber de retiro excede aún por bastante el mínimo, pero hasta donde sé, en la Argentina, los jubilados no se suicidan. Al menos en función de tales.

Hace un par de días se registró en dependencias de la ANSES de Mar del Plata la muerte por mano propia de un jubilado. Salvo que la prensa mienta se trató de un hombre de más de 90 años, cuya esposa falleció hace bastante tiempo pero que no pudo recuperarse de la pérdida, sin hijos, ya sin amigos vivos, profundamente deprimido, cuya única familia serían dos sobrinas que viven en Buenos Aires, ya sin capacidad de continuar en soledad en la ciudad balnearia en que residía y que estaba realizando el trámite de cambio de domicilio necesario para que sus haberes se transfirieran a donde -por idea de sus únicas parientes en condiciones de ayudarlo- pasaría a vivir, abandonando su residencia anterior.

No era un desheredado: médico jubilado, su haber de retiro estaba en el orden de los 40000 pesos mensuales nominales. Cobraría en mano sin duda algo menos, pero en todo caso bastante más que el sueldo medio de los activos en nuestro país. Un monto escaso, en relación con los gastos que tiene cualquier persona y más un anciano de casi cien años que seguramente gastaría en buena medida en remedios, sin contar la obra social. Pero un buen ingreso, en función de los salarios que se pagan en nuestro país, por cierto muy bajos.

Parece evidente que la muerte por propia decisión no tiene que ver con su haber de retiro. Tampoco habría constancia de que expresado en vida una preocupación especial al respecto. En todo caso, si tenía carencias materiales no parecen suficientes para que determinara quitarse la vida. 

Hasta ahí mi comentario. Solo restaría agregar que las expresiones -casi inmediatas al hecho, sin reflexionar ni siquiera informarse- de algunos políticos y dirigentes opositores al actual gobierno- pretendiendo montarse en esta tragedia para asignarle el carácter de protesta contra esta administración o sus políticas es, desde la racionalidad, un ridículo de tal calibre es ocioso entrar siquiera a discutirlo y -desde la ética- una singular infamia que, más allá de las muchas críticas que puede y debe merecer nuestra sociedad -gobierno presente y pasados  incluidos-  por la manera en que trata a sus viejos descalifica a los que así proceden.

 

 

Luis Alberto Gasulla

Especial para Periodismo y Punto

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