malenapichot

 

La víctima está denunciando maltratos y violencia sexual y psicológica de un referente intelectual K, de un programa paradigmático en los tiempos de la grieta. Acudo, para ayudarla, a las líderes del movimiento en Argentina de #NiUnaMenos. La respuesta es seca, cortante. No hay interés. No importa quién, no importa los nombres. 

Curioso, no sólo la violencia de género produce situaciones de vulnerabilidad en sí mismas, sino que en casos de personajes que puedan tener cierto peso o poder, se vuelve peor. Pero la víctima es una nena, seguramente “histérica y confundida”. El movimiento feminista citado elige los casos potables y los que no, los que generan incomodidad o comienzan a atravesar algún tinte ideológico que pueda dejar dudas, se descarta. Así de duro.

Cuando Gisel Berger denunció a Daniel Scioli por violencia de género (¿no dejarla salir de su casa y pedirle que aborte qué sería?), volvió la controversia. La rubia seguro busca plata o escándalo, o vaya a saber qué. No es creíble. Claro, el tiempo los reunió y todo se arregla “puertas adentro”, para evitar el ostracismo, inevitable, del ex candidato a Presidente Daniel Scioli.

Durante años Laura Elias, ex pareja del dirigente camporista José Ottavis, mostró fotografías de su rostro golpeado por el hombre de La Cámpora y ex amigo de Máximo Kirchner. No fue la bandera de las #NiUnaMenos, y si lo fue, fue muy tardía la reacción. Los brotes del diputado Larroque llamando “atorranta” en 2013 a Laura Alonso, por entonces también diputada, o las fuertes descalificaciones misóginas a la Elisa Carrió, no parecen entrar en el cuadro ideal de violencia hacia la mujer.

Es más fácil caerle al tipo de la esquina, el que no tiene poder ni económico ni político ni sindical, lo cuál no lo hace más inocente ni bueno. Sólo que es más fácil destruirlo. A Gisel Berger no le creímos rápido, era dudoso. Si, tal vez lo era. ¿Pero por qué era dudoso?. ¿Hay víctimas de primera y las ´dudosas´?. Cuando la guionista Carolina Aguirre escribió su famoso artículo “Colombia”, en el diario La Nación, denunció por fuertes agresiones a su ex pareja Mariano Foier, forzándolo a una suerte de exilio virtual, justamente a un Community Manager. Su artículo explotó en Twitter y nadie dudó ni siquiera de una coma de su brillante relato (y sí, es guionista). Era su terreno y fue nokaut técnico. No hubo jamás una denuncia policial. “Me destruyeron”, me decía Mariano, en un brevísimo diálogo que pude tener. ¿Eso lo hace inocente?. No. Pero nadie dudó de la palabra de Carolina. De Gisel si. Porque enfrente estaba Scioli. Mariano es un ex empleado del Senado y un CM, o sea un don “nadie”. Se repite el patrón. En los entornos de poder “no existe” o se invisibiliza mejor la brutalidad hacia la mujer. ¿Qué cambiamos entonces?.  Si el ejemplo no viene de arriba. ¿Qué cambiamos?

El creciente número de femicidios de los últimos años exige medidas urgentes, eso no está en debate. Es más, llama la atención que una sociedad como la argentina, abierta a ciertos cambios lentos pero significativos como matrimonio igualitario e identidad de género, y dónde parece orientarse - en este sentido - al respeto hacia el otro, en una comunidad más abierta y plural que hace 40 años, tenga este drama social. Una ley no cambia el modo de pensar automáticamente.

¿Hacia dónde va entonces esta forma de ver el feminismo?. Hay otros aspectos, no menores. Prohibir desfiles, impedir todo lo que “cosifique” a la mujer. Es cierto que hay un bombardeo mortal de cuerpos idénticos e inalcanzables. Que generan angustia y enfermedades como anorexia y bulimia. Si la solución es taparnos y volver a la Edad Media, y no generar más y mejor educación, entonces el retroceso será a niveles precámbricos. Si necesitamos atar a un hombre para que no viole a alguien al ver una fotografía excitante y a su vez prohibir la “cola reef”, si tenemos que ocultar completamente el cuerpo y anular todo erotismo para no “cosificar”, apagar el deseo sexual o tenerlo sólo a niveles que aburrirían a la misma iglesia católica, lo que está fallando es la educación. Educación para hombres y mujeres. Educación sexual en serio.

En los últimos días, la humorista y referente feminista Malena Pichot se encargó de señalar a todo aquel que se va del libreto de la lucha por la igualdad de derechos de las mujeres, cayendo de este modo en una dictadura conceptual, dónde nadie puede disentir. Una vez más, Edad Media. Se pueden debatir ideas, partiendo de la base de la igualdad de derechos. O sino será una cacería de brujas. El raid desenfrenado de Malena Pichot en un intercambio discursivo que no suele aportar nada, deslegitima la lucha y la pone en el peor lugar. 

Cuando, erróneamente, el actor Facundo Arana dijo que una mujer sólo se realizaba como tal cuándo tenía un hijo, y le saltaron a la yugular, se detectó una fuerte intolerancia y susceptibilidad. Pero siguiendo esta lógica, no le permitieron a la actriz Araceli González “no definirse” como feminista, ignorando que tal vez tenga otro modo de sentir o ver la realidad.

Los grandes agentes de cambios culturales no se la pasaron atacando e insultando a aquellos necios que impedían estas transformaciones. ¿O alguien se imagina a Martin Luther King golpeando e insultando a medio mundo para que al fin se respeten los derechos civiles de los afroamericanos?. Sintetizaron un momento histórico para contribuir a sembrar los procesos sociales que se iban cultivando en los reclamos de los grupos relegados.

El camino es otro. Los líderes, sospecho, deben ser otros.

 

Por lo pronto

#NiUnaMenos

#NiUnoMenos

#NadieMenos

 

 

 

Sebastián Turtora

@sebiturtora

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