triaca jorge

 

 

"No vengas porque te voy a mandar a la concha de tu madre. Sos una pelotuda". El mensaje de voz enviado por WhatsApp es uno más de los millones en que descargamos nuestras broncas, insatisfacciones, frustraciones, deseos, iras, amores y odios hacia una persona. Lo noticiable del audio es que el emisor sea el Ministro de Trabajo, Jorge Triaca, a su empleada doméstica. El colmo es que, Sandra, -la empleada en cuestión-, denuncie que fue despedida luego de trabajar en negro en la casa del Ministro. Último acto: El ministro pide disculpas por su exabrupto ninguneando a la mujer víctima de sus insultos. 

Si los audios de Cristina Fernández de Kirchner a su "servicial" secretario, Oscar Parrilli, impactaban por el vocablo "pelotudo" y el desprecio que emanaba de sus palabras, lo de Triaca no se queda atrás. ¿Significa que son lo mismo? En absoluto. Si el kirchnerismo fue una asociación ilícita organizada para delinquir, con sectores del gobierno que actuaban como una verdadera mafia, en Cambiemos aflora una clase dirigente que proyecta organizar y estabilizar al país, sacarlo de la mediocridad aunque con ciertas conductas que chocan contra su razón de ser: El cambio. 

La soberbia del poder es un factor que socaba la construcción de un proyecto político. Solo cinco años atrás, Cristina gritaba "vamos por todo" y sus jovenes "idealistas" se llenaban la boca hablando del pueblo, de transformación social, de nacionales y populares mientras viajaban en primera clase, se auto-aumentaban sus jugosos sueldos, elegían las más bellas secretarias, acomodaban a sus parientes y silenciaban periodistas que se animaban a preguntarles por sus pecheras. Hoy los nuevos ricos de la política argentina inflan el pecho ante la impresionante victoria de octubre pasado como si tuviesen la vaca atada. No solo hay que ser sino también parecer. 

Lo de Triaca no es menor. Es el ministro de Trabajo de la Nación. El ciudadano de a pie, harto de la corrupción y de los patoteros del poder, se entusiasma ante la caída de los que se creían dueños de la verdad y saquearon al país. Los intocables capos sindicales, los empresarios que se quedaban con los medios de comunicación, los que negociaron verdad injusticia por sus beneficios personales y petróleo, los camaristas que obedecían los designios de la Señora y los que encubrieron el asesinato del fiscal Alberto Nisman. Esas fotografías que conforman una película en la que somos protagonistas de un cambio cultural que puede implicar el fin de la impunidad, no debería esconder esas otras luces de advertencia que están apareciendo con mayor asiduidad en los últimos tiempos. 

Un ministro que nos pide que ahorremos energía pero que mantiene vínculos inexplicables con sus viejos amigos del sector privado. Un gabinete de ministros que no paga las multas de tránsito. Un ministro de Hacienda que invierte fuera del país. Un ministro de Medios Públicos que racionaliza luego de dos años de permitir el ingreso de asesores, amigos y nuevos alcahuetes del poder con sueldos nada despreciables. ¿Concurso público? Bien gracias.  

El kirchnerismo dividió a la sociedad. Le metió en la cabeza a un sector que ellos eran los buenos mientras que el resto éramos malos, antipatria, gorilas, traidores, imperialistas y que la Constitución y la República eran nimiedades. La soberbia, el totalitarismo, el nepotismo y la corrupción de la "década ganada" fueron los motivos por los que perdieron elección tras elección. El 54% se evaporó en medio de tragedias, fanatismo y la creencia en sus propios engaños. Teníamos menos pobres que Alemania, la inseguridad era sólo una sensación y el desempleo había desaparecido. Se crearon su historia, inventaron un relato, subieron a la tribuna de los aplaudidores a los artistas, deportistas y organismos de derechos humanos, tercerizaron la represión social, bardearon a los abuelitos, se rieron de los que viajaban al exterior mientras compraron los celulares del futuro en un shopping norteamericano y silenciaban periodistas críticos. Pertenecer tuvo sus privilegios. 

Sería imperdonable que el gobierno del cambio repitiese la historia. Ni en los hechos ni en las formas. Ser y parecer. 

 

Por Luis Gasulla

@luisgasulla  

 

 

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