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“Que de tanto querer a la presidente, he visto a familiares y amigos dejarse de querer”.

Muchos dirán que la patria está primero y que la militancia enaltece la dignidad y el compromiso. Y vaya que está bien.
Pero en el orden más simple de las cosas, la convivencia es la que te signa como alguien feliz, o no. Los amigos, los vecinos, la familia, la escuela, la plaza.
En lo personal creo que ahí, para los que eligieron querer a odiar (según “el amor vence al odio”), en ese hueco que antes ocupaba otro tiempo hay una gran pena, una macana que preferiríamos no haber tenido que experimentar. Este es mi lado de la historia y acepto que habrá quien diga: por fin me lo saqué de encima, un gorila menos. Las dos caras de la moneda.

A lo largo de los años y del tiempo el resultante en la balanza de la verdad absoluta, da niños muertos de inanición, le guste a quien le guste, en el lugar y en las condiciones que sean y de todos modos, al que tiene al menos un atisbo de justicia social y política de estado, esta realidad no le cierra.
Nadie quiere a un solo niño argentino o que habite esta Argentina, ver morir de hambre. Nada es igual después de ver a un pequeño morir y mucho menos de hambre.
Como cualquier ser humano alejado del fanatismo y las banderas hasta para mantener el equilibrio personal, ese que nos cuesta tanto, se debe usar o tener en casi simétrica actividad el parietal derecho y el izquierdo. No tenemos un lado más gorila que otro, para nada, son los dos lados que nos conforman como individuos. Ni siquiera lo elegimos; somos así.
Es en esa concepción que debería entenderse al hombre, como así la patria, el continente y el mundo entero. Somos personas que lo habitamos; persona en terrible desigualdad de condiciones y con faltas de más. Mucho más aún en los tiempos venideros.
Es entonces que como consecuencia de lo que somos y volviendo al mapa, llegamos un día al ballotage con un podio de dos: un neoliberal contra otro neoliberal. Ahí la lucha real, me animo a aventurar, fue entre un parietal y otro en todos y cada uno de los ciudadanos de la República Argentina. Y claramente, hubo un resultado.
Ese resultado es nuestro presente, el de todos. A algunos los tendrá felices y a otros amargados. Eso sucede en todos los órdenes de la vida. Si hay un arriba, hay un abajo. Si hay un parietal derecho, hay un izquierdo.
En lo personal intuyo que arriba y debajo de este mapa todos queremos lo mismo; estar bien, que no mueran niños de hambre, que no haya inundados, que obreros, médicos y docentes no se sientan humillados por poner empeño y sacrificio, que aparezcan todos los nietos del mundo, que no desaparezcan sospechados, o sea que “el tren transite tranquilo en su riel”.
Cuando la rutina falle, cuando la realidad quebrante, cuando el dolor moleste en los huesos y te des por vencido, el abrazo sanador va a venir de un familiar, un vecino, un amigo en una plaza, o una maestra en la puerta de tu escuela. Rara vez un presidente se baja del estrado para abrazar una pena o una derrota personal. Seguramente haya excepciones, pero en los más de 40 millones que somos, los amigos nos hacen la vida mejor.

Sería fantástico entender que en el S.XXI ya no hay izquierdas o derechas como en la época de los zares y los oprimidos. Hay un mundo convulsionado y atestado de información y que dependerá de los atentos, que creyendo verdades o descreyendo mentiras, seguirán votando y eligiendo acorde a las necesidades objetivas que se comprobaron, en lo personal. Uno es lo que vivió. Cada uno es su mundo y su entorno.
Revisando a los actores de la política en nuestro país descubrimos que el que antes estuvo allá ahora esta acá y aquel que estaba en la fórmula con ese otro ahora discrepa y vino a formar parte de esta otra fórmula con vaya a saber quién.
Ese es el arte de la política me contestan muchos y como ciudadanos, no podemos más que decidir entre un parietal y el otro en complicidad de funciones si nos gusta o no y como resultante, se votará o no. O de lo contrario cambiar de rol, y empezar una actividad política y protagonizar lo que tanto nos duele y nos molesta.
No había más que dos opciones. A eso nos llevamos nosotros mismos. Era Macri o Scioli; un niño de Barrio Parque o un hacendado de La Ñata.
Unos creen en el relato. Otros creen en el cambio. Otros en nada.
De una cosa sí estoy segura: quien pierde a un amigo pierde algo de sí que no aparecerá jamás en los libros de historia, sino en la simple historia personal de nuestras derrotas.
Creer en los amigos aunque diferentes, y respetar esas diferencias con un abrazo. Juntarse a morfar después de votar y no herir jamás.
Si es “malo”, seguramente nunca fue tu amigo. Si era tu amigo, para vos era lo suficientemente bueno.
A horas de que se termine el año, tal vez, sería bueno amigarnos con nuestros parietales, el derecho y el izquierdo y pensar que con un amigo, todo puede estar mejor.

Por Carla Ritrovato
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@CarlangasOK

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