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Entre las pocas pero importantes falencias que se advierten en estas primeras semanas de administración de CAMBIEMOS se destaca la ausencia clamorosa de un discurso esclarecedor del cuadro de situación político-institucional, de la administración cesante y del marco fáctico en que le toca asumir a la administración encabezada por Mauricio Macri.
Particularmente es notable la ausencia de la necesaria expresión del estado de la administración pública que recibe el nuevo gobierno. Es loable en este último sentido que se prometan diversas auditorías y será imprescindible llevarlas a cabo con rapidez y dar a conocer de inmediato sus resultados pero todo esto lleva cierto tiempo del cual esta gestión carece.
No tiene tiempo porque no le ha sido concedida luna de miel alguna. Esto es inevitable y debió ser previsto por los ganadores de las elecciones.
Aquí no se produjo un cambio de gobierno ordinario dentro de un régimen democrático como se empeñan en describir algunos periodistas empeñosos por quedar bien con todo el mundo. Aquí hubo no cambio de régimen: de una cleptocracia autoritaria antirrepublicana con rasgos totalitarios a un gobierno compuesto, en principio, por gente normal.
Nada de lo que acaba de ocurrir ni lo que pasará en los próximos meses se entiende si no se aquilata la verdadera naturaleza del kirchnerismo vencido en las urnas. Es un lugar común –cierto pero insuficiente- calificarlo como populismo. Es una evidencia palmaria que los gobernantes de la última década han sido incompetentes e incurrieron en clamorosos y reiterados actos de mala praxis.
Pero su nota distintiva –aparte de montar y perfeccionar el saqueo sistemático de las arcas públicas o –en el mejor de los casos- su atención displicente ha sido su tendencia totalitaria evidenciada en el famoso “relato”, que no es el caso describir aquí porque ya se han escrito varios libros esclarecedores en la materia. Relato que se vertebró por medio de un sistema de propaganda que incrementó ciertos rasgos del primer peronismo y está calcado de experiencias totalitarias del siglo XX.
El kircherismo cristinista no es el peronismo tradicional ni tampoco –bien que lo pretenda- la reinvención del setentismo armado que Perón enfrentó en 1973. Que todo lo anterior sea más o menos lo mismo es justamente, parte del “relato”.
Lo cierto es que tanto los setentistas originales como sus aburguesados émulos de nuestros días tienen en común la soberbia elitista, el desprecio y la manipulación del pueblo, el voluntarismo, la amoralidad radical y un posibilismo suicida para el cual en rigor todo es posible. Tienen también en común el principio del caudillaje que los torna raigalmente ineptos para la democracia republicana. En efecto, el cesarismo es incompatible con el gobierno sustentado en normas generales, el sistema de partidos y el régimen republicano. En los setenta, su entrismo terminó en una sobrecogedora tragedia colectiva cuyas consecuencias aún padecemos. Más exitosos, ahora coparon (y amenazan destruir por completo) lo que queda del peronismo.
Es por todo lo anterior, teniendo presente que el omnisciente “relato” todo y a todos ha penetrado (12 años no son poca cosa y esta argamasa amañada tiene antecedentes que se remontan a los orígenes de la nacionalidad) que la única forma de dejarlo atrás apartando también a quienes no quieren aceptar las reglas comunes a cualquier democracia representativa es promover con insistencia fanática una pedagogía de la VERDAD, que coloque ante toda la población, elevada al nivel de la ciudadanía, lo que fue, lo que es y los planes para lo que vendrá con criterio sencillo y realista.
Esta verdad no debe expresarse como un conjunto de valores o tesis reveladas por Dios, la Historia o el genio del gobernante de turno si no como la exposición sencilla pero contundente del estado de cada uno de los departamentos de la administración pública nacional, provincial y municipal a partir de la comprobación que no hay cajón que no oculte un muerto y que no se ha dejado sin hurtar ni el agua de los floreros.
Que no espere el nuevo gobierno respeto, consideración o mera piedad del bando autoritario en derrota. Que no reconoce, por eso pasa a la “resistencia”. No dejarán zancadilla sin hacer, malignidad sin ensayar ni artería sin postular. Por ello, cada medida deberá ser explicada en todos sus detalles para la más acabada comprensión del común de los mortales y también de los presuntos entendidos que, merced a la pedagogía de la falsedad sistémica están, en muchos aspectos, más confundidos aún que el paisano de pie. Es constitutivo de la democracia republicana permitir muchas cosas, pero -sobre todo si es débil y primeriza como la que acabamos de iniciar a partir del pasado 10 de diciembre- resulta imperioso que sepa detectar como su antimateria a quienes no la quieren y solo se proponen destruirla.

Por Luis Alberto Gasulla (padre)

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